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Los demonios no dejan de manifestar su envidia. Por San Antonio Abad

Sí, hijos, los demonios no dejan de manifestar su envidia hacia nosotros: designios malos, persecuciones solapadas, sutilezas malévolas, acciones depravadas; nos sugieren pensamientos de blasfemia; siembran infidelidades cotidianas en nuestros corazones; compartimos la ceguera de su propio corazón, sus ansiedades; hay además los desánimos cotidianos del nuestro, irritabilidad por todo, maldiciéndonos unos a otros, justificando nuestras propias acciones y condenando las de los demás. Son ellos quienes siembran estos pensamientos en nuestro corazón. Ellos quienes, cuando estamos solos nos inclinan a juzgar al prójimo, incluso si está lejos. Ellos quienes introducen en nuestro corazón el desprecio, hijo del orgullo. Ellos quienes nos comunican esa dureza de corazón, ese desprecio mutuo, ese desabrimiento recíproco, la frialdad en la palabra, las quejas perpetuas, la constante inclinación a acusar a los demás y nunca a sí mismo. Decimos: es el prójimo la causa de nuestras penas; y, bajo a…

Los bienes que da al alma la divina Eucaristía. Por la Beata Cándida de la Eucarístia

Una sola palabra es suficiente para dirigir el impulso de amor.

El Señor entra en las aguas del Jordán.

Es posible hablar de una "Iglesia invisible" Por Edith Stein

Solemnidad de la Epifanía. Por San León Magno

Mantener el espíritu en la presencia de Dios.. Por Fray Lorenzo de la Resurrección

Santísimo nombre de Jesús. Por San Bernardino de Siena

Estaba el Verbo Encarnado sin tener donde nacer. Por Baltasar Gracián

De la simplicidad. Por San Juan Clímaco

Sermòn de Navidad. Por San Bernardo

¿Quietud?

Dios tiene para darnos tesoros infinitos. Por Fr. Lorenzo de la Resurrección

Se nos dio a la Virgen María. Por San Serafín de Sarov

Confianza y abandono en Dios. Por Santa Maravillas de Jesús